スペイン史研究

ESTUDIOS DE HISTORIA DE ESPAÑA

Número 30 (diciembre 2016)

El libro de “Instrucción de las oraciones” de los moriscos
: entre el carácter árabe y el latino

por Takashi Oshio

 

En este artículo intentamos analizar la identidad islámica de los moriscos, descendientes de los musulmanes de al-Andalus, especialmente el modo en que mantenían y practicaban su fe islámica dadas sus circunstancias sociales. Los moriscos mantuvieron la fe islámica y su cultura propia durante los siglos XVI y XVII, aunque se habían convertido al cristianismo forzosamente a principios del siglo XVI. Enfocar la fe islámica de los moriscos es necesario para que se reconozca en los moriscos a un grupo con continuidad histórica, porque la fe islámica es un factor importante de su identidad, y los moriscos la mantuvieron constantemente, antes y después de su expulsión. Por lo tanto, el objetivo de este artículo es aclarar una parte del conocimiento islámico morisco fijando la continuidad y la discontinuidad de la fe islámica de los moriscos por medio del análisis de documentos históricos que escribieron ellos mismos.

Tratamos aquí dos manuscritos moriscos que se diferencian por el sistema de escritura utilizado: uno está en aljamía y el otro en español con caracteres latinos. Aljamía (o adj. aljamiado) es la escritura española (castellana) en caracteres árabes, una modalidad que fue utilizada por los moriscos aragoneses principalmente durante el siglo XVI, dado que ya se habían españolizado bastante lingüísticamente desde la conquista cristiana del siglo XII. Aun así, siguieron redactando obras islámicas en aljamía porque para un musulmán la lengua árabe es sagrada, puesto que Dios la eligió para decretar su manifestación divina. Por ello, el uso de caracteres árabes para escribir en español demuestra el sentimiento especial de los moriscos hacia la fe islámica, o más bien su religiosidad. Por medio del análisis del documento aljamiado comprenderemos el conocimiento islámico morisco y la transmisión intelectual desde al-Andalus.

Por otro lado, el manuscrito español en carácter latino fue escrito por moriscos fuera de España, después de la expulsión de 1609-1614, en la zona del norte de África que abarca Argelia, Túnez y Marruecos. Allí, en territorio islámico, los moriscos exiliados podían practicar la fe islámica en público, pero se enfrentaron también a dificultades, diferentes de las que sufrían en España. Dada la vida musulmana clandestina que habían sobrellevado bajo la vigilancia de la sociedad cristiana durante un siglo o más, su cultura islámica había cambiado y era distinta de las del Norte de África. Más aún, muchos moriscos de entonces no sabían hablar árabe, especialmente los exiliados en Túnez. Frente a los musulmanes arabófonos, los moriscos que practicaban la fe islámica en español cayeron bajo la sospecha de ser renegados de la fe. Por lo tanto, es posible que los moriscos escribieran obras religiosas en español en carácter latino para que comprobaran y compartieran la legitimidad de su religiosidad islámica.

En consecuencia, aquí analizamos principalmente el documento histórico titulado “Instrucción de la oración (árabe: ṣalāt)”, que trata de la liturgia islámica y del que se conservan en la biblioteca de la Universidad de Uppsala dos ejemplares aljamiados y uno español en carácter latino. Los tres se encontraron y se compraron en Túnez, y probablemente proceden de un mismo modelo. Tratamos de comprender la continuidad y la transición de la fe islámica morisca comparando la “Instrucción de la oración” con otros documentos históricos como la fetua (una opinión legal de jurista islámico) del muftí de Orán, que fue muy conocida entre los moriscos.

El análisis comparado del manuscrito aljamiado y el manuscrito español en carácter latino demuestra que los moriscos conservaban la practica islámica en la “Instrucción de la oración”, al mismo tiempo que cambiaron las maneras prácticas consultando la fetua del muftí de Orán, aunque estaban olvidando la lengua árabe con el paso del tiempo. La fe islámica de los moriscos estaba perdiendo su vitalidad bajo la vigilancia cristiana, pero aun así se esforzaron por mantener la fe heredada de la época de al-Andalus. Un producto de sus esfuerzos era el libro aljamiado de “Instrucción de la oración”, con el que infundieron una nueva alma a la herencia de al-Andalus mediante su redacción española en caracteres árabes.

Después de su expulsión final a principios del siglo XVII, los moriscos se enfrentaron a otra dificultad en sus tierras de exilio, sobre todo en Túnez. En otras palabras, necesitaron aprender las reglas religiosas básicas que no habían podido practicar en España, y también comprender las reglas de la escuela legal de Hanafī, que representaba la corriente principal de la ley islámica en Túnez entre su clase dirigente otomana. La mayoría de los moriscos exiliados estaba bastante españolizada y había olvidado la lengua árabe, incluso los caracteres, por lo que este grupo debía describir su propia fe islámica en español con caracteres latinos. Relacionándose con la sociedad tunecina, los moriscos españoles escribieron la “Instrucción de la oración” en español con caracteres latinos y añadieron las reglas de la escuela de Hanafī para poder integrar su propio pasado en el presente. Lo que no hicieron fue transcribir al árabe las prácticas islámicas que mantenían en aljamiado, lo que nos muestra también que los moriscos percibían la lengua española como propia y merecedora también de poder explicar la fe islámica.

Como se ha mencionado, las tres versiones de la “Instrucción de las oraciones” tienen casi el mismo contenido y aparentemente proceden de una misma fuente original. Por medio del análisis de la escritura árabe utilizada en los tres, podemos decir que el manuscrito aljamiado no fue el original del español en caracteres latinos. Esto es, los moriscos no transcribieron directamente del carácter árabe al carácter latino, aunque el libro fuente es común. Por lo tanto, la relación entre los manuscritos aljamiados y los manuscritos españoles en caracteres latinos nos permite ver la continuidad de conocimiento islámico de los moriscos. En el futuro nuestra tarea será analizar la relación entre los tres tipos de fuente histórica –manuscrito árabe, manuscrito aljamiado y manuscrito español en carácter latino–, porque probablemente el manuscrito árabe sea la fuente de los otros dos.

 


 

La creación de la imagen de Santiago Matamoros y su utilización estratégica

por Kae Tanabe

 

En España es muy familiar la imagen de Santiago Matamoros, representación iconográfica del apóstol a lomos de un caballo y en actitud de aterrorizar, espada en mano, a los musulmanes. Esta imagen se basa en una leyenda según la cual el santo se apareció, montado en un caballo blanco, en la batalla de Clavijo (844). Si bien todo hacía pensar que los musulmanes acabarían consiguiendo allí un triunfo aplastante, la aparición de Santiago salvó al ejército asturiano dirigido por el rey Ramiro I, tal como el mismo apóstol había prometido al monarca en la víspera. Hoy en día la mayoría de los investigadores comparten la opinión de que tal batalla nunca existió, por lo que se trataría de una mera invención.

La batalla aparece narrada por primera vez en el llamado Voto de Santiago y posteriormente en otras crónicas. El Voto lleva en su parte final la firma de Pedro Marcio, quien era capellán de la iglesia de Compostela hacia mediados del siglo XII. A pesar de que él afirma que copió literalmente el documento original que se guardaba en el tesoro de la iglesia, los investigadores opinan hoy unánimemente que fue él mismo quien elaboró el Voto.

En este artículo nos ocupamos de los motivos por los que se eligió un pueblo riojano, Clavijo, como escena de la primera aparición de Santiago Matamoros, analizando tanto la situación de La Rioja en la época en la que se redactó el Voto como el particular aspecto divino que posee Santiago.

La región riojana, fértil y bien comunicada, fue objeto durante el siglo XII de incesantes luchas entre los reinos de Castilla, Navarra y Aragón. La Historia compostelana redactada en el siglo XII —y uno de cuyos compiladores es probablemente Pedro Marcio— relata que el rey aragonés Alfonso I el Batallador, no solo no ocultó su interés en esta zona, que estaba bajo el control del reino de León y Castilla, sino que también la atacó y saqueó con su ejército en repetidas ocasiones, por lo que se enfrentó a menudo con su esposa Urraca I de Castilla y su hijo Alfonso VII el Emperador. Estas invasiones, asaltos y saqueos, que asolaron y crearon inseguridad en La Rioja, provocaron consecuentemente el estancamiento económico del reino leonés castellano; esto disminuyó las rentas tanto de los nobles como de las iglesias o monasterios de las zonas que encauzaban a los peregrinos a Santiago de Compostela. Sin duda la propia iglesia compostelana también se vio afectada económicamente y se encontró con dificultades para recaudar los fondos suficientes para construir la catedral, más aún después de la muerte del carismático arzobispo Diego Gelmírez.

En la segunda parte del Voto, y en señal de agradecimiento por la intervención de Santiago para vencer a los enemigos, el rey Ramiro I promete que todos los habitantes de Hispania y de los lugares que sean librados de los musulmanes de aquí en adelante pagarán "perpetuamente cada año, a manera de primicias, de cada yugada de tierra una medida de la mejor mies, y lo mismo del vino", para el mantenimiento de los canónigos y los ministros de la iglesia compostelana, y que concederán al apóstol Santiago "de todo el botín que en cada una de las expediciones cogieren a los sarracenos [...] tanta parte y porción como corresponde a un soldado de a caballo". Es evidente pues que el motivo de la falsificación del Voto era asegurar ingresos a la iglesia compostelana, y su autor entendía muy bien que para cumplir este objetivo era imprescindible recuperar la paz y la seguridad en La Rioja. 

Quizás Pedro Marcio utiliza la imagen de caballero y guerrero de Santiago, ya adoptada en la Historia Silense, para reclamar que La Rioja pertenecía desde antiguo a León y Castilla, sucesores legítimos del reino asturiano según la idea imperial tradicional. Una reclamación que desarrolla mediante el argumento de que en tiempos remotos el apóstol se apareció ante el rey asturiano y protegió la tierra riojana de sus enemigos.

Para los cristianos hispanos del siglo XII, la imagen del santo montado en un caballo blanco debía de resultar semejante a la de uno de los jinetes que según el Apocalipsis vendrán con el fin del mundo. El caballo mismo es símbolo de poder real o divino desde la antigüedad. Por otra parte, según lo que narra San Marcos en el Evangelio, Jesucristo llamaba a Santiago y a su hermano Juan boanerges (hijos del trueno). El trueno o relámpago está muy vinculado con Dios en la Biblia. Por ejemplo, el Apocalipsis dice: “del trono salían relámpagos y truenos y voces: y siete lámparas de fuego estaban ardiendo delante del trono”. En una palabra, la figura de Santiago Matamoros se identificaba con Dios. Se podría decir que la aparición de este santo, que cuenta con un poder equivalente al divino, se creó estratégicamente con el fin de reforzar el derecho leonés-castellano a ocupar La Rioja.

Encontramos el nombre de Clavijo también en un tratado de paz que establecieron en 1170 Alfonso VIII de Castilla y Alfonso II de Aragón, en el que aquél ofrecía a éste algunos castillos, incluido el de Clavijo, como garantía de observación del acuerdo. El mismo rey castellano confirmó en 1176 con Sancho VI de Navarra la frontera entre los dos reinos, que correspondía a la línea que une los cuatro pueblos (Nájera, Albelda, Clavijo y Calahorra) que aparecen en el Voto de Santiago como los lugares conquistados por Ramiro I. Se supone que el Voto se redactó en esos años para protestar contra la decisión de 1176 o para promover una paz permanente en La Rioja.

 

 

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